La luz de El Diablo

El Diablo tiene mil caras. Para la religión católica es Lucifer, el ángel caído. Para la mitología griega es Hades, el Dios de los infiernos. Para los egipcios es Anubis, quien guiaba a los muertos hacia el otro mundo. Para el hinduismo es Lama, protector del inframundo. Hizo parte de obras icónicas de pintores como Goya y El Bosco

En la cultura popular está representado por Darth Vader en La Guerra de las Galaxias o Lord Voldemort en Harry Potter.

Pero todos, en el fondo, hablan de lo mismo: la luz que eligió la oscuridad. Sin embargo, en medio de esa penumbra todavía habita la luz. Tan grande como es su sombra es el resplandor de su divinidad. Platón lo dijo hace siglos: “La verdadera tragedia de la vida es cuando los hombres tienen miedo de la luz”.

Estoy convencida de que muchas veces detrás de ese miedo a sentir lo que está oculto, detrás del miedo a encontrarse con la sombra, detrás del pavor que da atravesar lo desconocido, como no lo propone el arcano de El Diablo, se encuentra el profundo miedo que le tenemos a nuestra luz, el miedo oculto que nos da asumir nuestro brillo, nuestra dicha, nuestra verdad como seres completos y sagrados.

Muchas veces es más fácil conectar con la sombra y enfocarnos en ella, usándola como una excusa para no tomar y comprometernos con la luz que nos habita. Una luz que reconocemos a medias, que aceptamos a medias, con la que nos comprometemos a medias. Porque hacerlo es reconocer que lo tenemos todo, que nuestra herencia es la dicha y el amor, que somos más fuertes y poderosos de lo que imaginamos y que nada puede empañar ni debilitar nuestra esencia.

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